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| Lucio Leverone |
No quiero ponerme pedante, pero da la casualidad de que acabo de terminar de leer una "biografía" de Santo Tomás de Aquino, por un escritor inglés, G.K. Chesterton. (¡En serio, no es joda!) La recomiendo calurosamente a cualquiera que quiera entender un poco mejor de qué se trata el catolicismo. También, del mismo autor, recomiendo "Ortodoxia", que es una especie de autobiografía interior relatando cómo se dio su conversión al catolicismo.
No quiero ponerme a escribir otra epístola a estas horas, ni tampoco quiero abusar de vuestra paciencia. Simplemente me limito a comentar un par de ideas fundamentales que se relacionan con lo que decís. Mejor, me limito a una sola.
Aunque ahora a algunos les parezca que el tomismo es la más pura ortodoxia católica, en su momento Santo Tomás provocó una verdadera revolución en la Iglesia, y no estuvo lejos de ser condenado como hereje. De hecho, muchos obispos de su tiempo lo consideraban hereje, porque hasta ese entonces el platonismo agustiniano era la última palabra y la filosofía de Aristóteles era considerada mero paganismo, o, aún peor, el fundamento del mahometanismo, percibido por muchos en esa épocas (y en muchas otras) como el enemigo número uno del Cristianismo (era la época de las primeras cruzadas).
Hago un paréntesis para señalar la apertura mental que tenía Santo Tomás, quien descubre a Aristóteles --¡un "pagano"!-- a través de sus lecturas de Averroes, filósofo mahometano --¡un hereje!
Aunque San Agustín no haya llevado nunca sus teorías al extremo, en el platonismo están las semillas del maniqueísmo; por concentrarse tanto, por poner tanto énfasis en lo espiritual, se termina despreciando lo material, hasta el punto de considerar al cuerpo como la cárcel del alma. La solidez implacable de la lógica tomista hizo añicos el maniqueísmo, que terminó siendo condenado como herejía. Pero los secuaces del cristianismo espiritualista, amargado, gris, de los que rehúyen toda satisfacción material como cuasi pecaminosa, de alguna manera sobrevivió durante siglos, para renacer como el ave fénix, en un convento alemán, y hacerse fuerte nuevamente a través del vozarrón y el carisma de un monje agustino (no es casualidad) llamado Martín Lutero. Y ya no había un Santo Tomás para ponerlo en línea. Es más, no había nadie para ponerlo en línea puesto que la decadencia y la corrupción de la Iglesia de entonces manchaba al mismísimo papado. Por eso se produce el cisma. Y en buena hora --podría pensarse-- porque así la Iglesia se desprendería de una vez por todas del lastre de la tentación permanente del maniqueísmo. Pero no fue así, y todavía hoy nos encontramos con mucha gente dentro de la Iglesia con mentalidad maniquea. O sea que me desdigo de lo que dije al principio. Antes no sabía de dónde salía tanto énfasis en la culpabilidad; ahora sí.
Pero por lo menos ahora se sabe dónde está la verdadera ortodoxia. Y no es ciertamente del lado espiritualista. Santo Tomás introdujo de una vez para siempre la idea del materialismo cristiano. Las pruebas que dan sustento a la ortodoxia de este materialismo son dos verdades contundentes, salidas de la boca y de la vida misma de Jesucristo: la Encarnación, misterio que estamos celebrando estos días, misterio de Dios hecho carne, que ya no es más "puro espíritu" y que de ahora en más comparte y dignifica el cuerpo humano) y la doctrina de la resurrección de los cuerpos. Ya nadie puede menospreciar la carne y considerarse católico ortodoxo.
Y la idea de que "hay que estar triste para semana santa" es tanto más patética cuanto que contradice abiertamente palabras textuales del mismo Dios hecho carne: "cuando ayunéis no hagáis como los escribas y fariseos que se hechan ceniza en la cabeza para aparecer más demacrados".... Bueno no era exactamente eso lo que dijo, pero la idea está. La alegría es una virtud cristiana; la tristeza es el opuesto. El cristiano triste y pesimista es una caricatura de cristiano.
En otro e-mail veré de referirme a los otros temas que planteás en tu e-mail: el sacrificio por el sacrificio mismo (incluidas caminatas a Luján) y el rezo del Santo Rosario.
Un fuerte abrazo y muy feliz año nuevo para todos.
Xavier


