E-mails extraídos de lo que me parecieron interesantes debates en el grupo de ex-compañeros del Colegio San Pablo. Los he publicado sin filtro, tal como los envié al grupo. Están escritos desde el corazón, sin pretenciones, y con ciertos modismos y expresiones propias de este tipo de ralea (a la que me enorgullezco de pertenecer).

Ciertos modos de expresarme pueden llegar a resultar ofensivos para el oído ajeno a este grupo.

No me decidía a si pulirlos antes de ofrecerlos a la mirada general, o publicarlos tal como están. Por fin, como esta indecisión--aliada inestimable de mi pereza-- se prolongaba ya en años, decidí publicarlos como están, y someter la decisión última al juicio de mis lectores, si es que existen en el mundo sujetos semejantes.

Y no me resulta honesto terminar esta advertencia sin agregar un detalle significativo: ni siquiera se si mis compañeros del San Pablo los han leído, especialmente aquellos más extensos y aburridos. Pero se que algunos sí los han leído--Lolo, Santiago...., y Lolo... y Santiago....--y son los comentarios expresos de estos dos queridos compañeros (y los tácitos de otros muchos, estoy persuadido), los que me han animado a iniciar este blog.

Si luego de esta advertencia, deciden seguir adelante, no me hago responsable por el tiempo perdido y aburrido. A aquellos que sobrevivan el desafío de leerlo, les agradeceré que dejen algún comentario, especialmente su opinión respecto a si debo pulirlo o dejarlo como está.

Muchísimas gracias por haber leído (por lo menos hasta aquí).

domingo, 17 de diciembre de 2006

Humildad

Querido Riky, te comprendo... Bueno, no sé si te comprendo, pero yo también muchas veces me siento un "sorete", y tanto más por cuánto he recibido.

Quizás te sirva a vos también el consuelo que encuentro en esos momentos. Siempre pienso en el buen ladrón, mi escena favorita de los Evangelios. Supongo que él también se sentiría un "sorete", ahí colgando de una cruz, puerto final de toda una vida de cagadas. Sólo bastó una mirada al Hombre-Dios colgado a su lado, y un pedido: "acuérdate de mí cuando estés en tu reino". Y entonces, las palabras más bellas de la boca más bella que jamás alguien pueda escuchar: "te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso". No estoy muy seguro de lo que habrá sentido cuando oyó esas palabras, pero estoy seguro que dejó de sentirse un "sorete".

Esto es lo que más me gusta de mi religión católica: que te deja clarito que todos somos soretes y que no importa cuántas cagadas nos mandemos a lo largo de nuestra vida, siempre bastará un simple acto de contrición para acceder al privilegio y alegría inmensa de oír nuevamente esas palabras, esta vez dirigidas a mí. En cierto modo, ser sorete es como una garantía. Los soretes (pescadores chupandinos y pendencieros, agentes de la DGI, prostitutas, mujeres adúlteras, leprosos, etc) son a los que Jesús se acerca, y en los que vuelca todo su amor. Los otros, los que no se sienten soretes, sino todo lo contrario, son el blanco de las raras escenas y palabras de ira del Señor: los fariseos, sepulcros blanqueados, dueños de la actitud más aborrecible para el cristiano, que es la hipocresía. Es muy difícil ser un hipócrita sintiéndose un sorete; es como el extremo opuesto.

Por eso, para mí no hay gesto más elocuente que revele el verdadero meollo de nuestra religión que esas otras palabras de Jesús, pronunciadas también mientras colgaba de la cruz, como un legado de lo que realmente más importa: "hijo, ahí tienes a tu Madre; Madre, ahí tienes a tu hijo". Imagináte si es posible que existe una cagada, o muchas cagadas, en el mundo que hagan que tu madre deje de esperarte y perdonarte. Un poco (o un mucho) de fiaca para rezarle un rosario, incluso de parte de alguien que sabe cuánto la alegra a ella este pequeño gesto, no la va a disuadir de su empeño maternal. No existe, no es posible que exista un crimen lo suficientemente horrendo que pueda disuadirla, que pueda forzarla a enfrentar la falsa realidad de que ya no tenemos remedio, que ya hemos desperdiciado demasiadas oportunidades. Para una madre, un hijo nunca será un sorete.

Luján, 1980 (creo...)
Yo también hace mucho tiempo que no toco un rosario. El que recé (a duras penas) por la salud de Inés, fue como un islote en una mar de tibieza. De hecho, tan choto estoy con mi pereza que, por las dudas, como no sabía si rezaría el rosario que Jorge pedía, ¡le terminé pidiendo a mis hermanos numerarios que lo rezaran! Pero sigo confiando, espero que sin presunción, en que en los momentos de mayor angustia y necesidad seré capaz de pedir lo que pidió el ladrón arrepentido. Y, si por las dudas Dios ande distraído en esos momentos, tengo la confianza absoluta de que a Su Madre El siempre la escucha. ¡Y ella es también mi Madre!

Jorge, me alegro muchísimo de que Inés esté dando signos alentadores de mejoría. Me dejás preocupado con tu comentario sobre la salud de otros compañeros y de sus seres queridos. Con el ejemplo de fe que están dando vos y Rouco, espero dejarme de pelotudeces y excusas chotas y ponerme a rezar nuevamente, y ofrecerlo por esos compañeros que sufren en incógnito.

Un fuerte abrazo a todos. Jorge, Rouco, sigan así, que creo que todos necesitamos mucho de ese buen ejemplo... ¡Tampoco se agranden, a ver si terminan fariseos!

Xavier

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